La primera lección

Llevo ya media hora (como mínimo) mirando una página en blanco y pensando “¿pero por qué no soy capaz de dejar las cosas tal y como están y no meterme en más cosas?”. Pero es lo que pasa con la vuelta al cole: hay que hacer los deberes. Lo bueno de tener una hoja vacía delante es que puedes dejar volar la imaginación sin límites. El problema es que las neuronas siguen de vacaciones (para quien las haya tenido, claro… y las vacaciones también). Con septiembre ya encima, llegan las clases, las nuevas temporadas de las series, nuevos estrenos, lanzamientos de campañas, el progresivo cambio de armario y las despedidas y reencuentros tras estos meses. 



























Con tantos cambios de temperaturas y las continuas renovaciones de armario, me da la sensación de que el tiempo cada vez más rápido y no podemos controlarlo ni disfrutarlo como de verdad queremos: bebiéndonos a sorbitos cada segundo del verano. Mientras, el resto del año lo pasamos pensando en los días que van quedando para que vuelva el calor y la relajación. Aunque soy mayor fan de los días de chaqueta y paraguas (soy así de melancólica), el verano tiene algo que engancha sí o sí a todo el mundo. Y quien diga lo contrario, miente.




La cuestión es que hay un momento en nuestras vidas, ya sea dentro de la rutina o estando de vacaciones, que miramos hacia el pasado y nos parece que hemos vivido muchas experiencias, pero todas insuficientes para la cantidad de cosas que queremos hacer. Porque todos tenemos una lista de deseos, de los cuales la gran mayoría no cumplimos ya sea por un motivo u otro. Y cada vez se suman más sueños, momentos que creemos que serán eternos y que no queremos que nunca terminen. Pero llega un día en el que ves a la gente de tu alrededor y piensas que las cosas no son igual a como eran antes, pero que no cambiarías por nada todo lo vivido.



Con todo este rollo quiero referirme a que si queremos hacer miles de cosas, ¿por qué no, sencillamente, lo hacemos? Siempre tenemos que darle muchas vueltas a algunas cosas (a otras no tanto, y menos con un par de cervezas de más) porque cuando menos te lo esperas… ¡PUF! Tu hermana pequeña cumple 14 años y ves como ha cambiado de la noche al día, sin darte ni cuenta. Y lo notas cuando ves que es capaz de levantarse por la mañana y elegir ella sola la ropa que va a ponerse ese día, porque ya sabe lo que quiere y no necesita a nadie más. Ahora somos capaces de pedirnos consejos y darnos apoyo a kilómetros de distancia, porque eso es lo que se supone que hacen los hermanos; aunque nos llegan a contar esto hace unos años y habríamos llorado de la risa. Mi duda es: ¿En qué momento se convirtió su sueño en una de mis metas a conseguir? Porque también me importan mis propios deseos, pero ahora hay una cosa que está por encima de todo lo demás: hacer que ella consiga todo lo que se proponga. Tus prioridades cambian sin que te enteres.



Así que, hay que disfrutar de cada uno de los momentos y aprender de todas las situaciones que se nos presenten en la vida, sean buenas o malas; eso da igual. Lo importante es que hay que dejar de pensar en el qué dirán, porque puede que sea eso lo que hace que muchos de nuestros deseos no se borren nunca de esa lista (y también porque vuelven los locos años 80 en los que toda mezcla era admitida). Y quien vuelva a decir lo contrario y piense que nunca se ha dejado llevar por la corriente de los demás, miente.



Supongo que mi primer post en esta nueva sección se me ha ido de las manos, y he acabado hablando de algo totalmente diferente a lo que tenía pensado desde un principio. Es lo que tiene dejar la mente a su libre albedrío. Lo más seguro es que mi línea de argumentos no tenga ningún sentido y parezca que la que está escribiendo está un poco loca, pero ¿y qué más da? 

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